"Plagada está la mente
de la callada princesa
de sueños de sangre
y macabras escenas,
su imaginación se nutre
de sus más profundas penas
y su corazón se consume
en su diaria condena.
De sus ojos escapan
De sus ojos escapan
mil lágrimas espesas
y con sumo cuidado,
un pañuelo las seca.
Ya su rostro dibuja
una sonrisa siniestra,
pues sola se ha quedado
la pensativa princesa
escuchando los lamentos
que la oscuridad encierra.
Ya nadie respira
en su castillo de piedra,
en él sólo viven
las almas en pena
de los que alguna vez fueron
el rey y la reina,
y los blancos recuerdos
de su infancia tierna.
Los vidrios espejados
al pasar la reflejan,
mientras ciega se dirige
por el pasillo a la puerta
que detrás de sí esconde
una colección de calaveras.
En dicha salita
la muerte se encuentra,
en forma de huesos
que en silencio se quejan
y se van apilando
entre polvo y tristeza.
Tranquila ha entrado,
por el cuarto se pasea
con el espíritu inquieto
por tan honda demencia.
Sus manos acarician
un cráneo con delicadeza,
el que en el altar reposa,
el de la difunta reina.
_¡Madre, ya he vuelto,
qué bien se te encuentra!
¡Y mi padre, a tu lado,
atrás no se queda!
Y pensar que aún yacen
sobre sus secas cabezas
tan majestuosas coronas
resplandecientes de belleza.
Debería ya quitarlas
y y darlas a quien las merezca,
a alguien que esté vivo,
y demencia no padezca.
La gente lo reclama,
el pueblo se rebela,
buscan a alguien fuerte
que los guíe y los proteja.
Quieren un rey nuevo
y que se vaya la princesa.
No puedo abandonar el castillo,
no quiero un vida nueva,
pero las almas de los muertos
cada día me atormentan.
Son los soldados caídos,
los prisioneros de guerra,
y todos a quellos que han muerto
por desobediencia
los dueños de estos huesos
que llenan cada despensa.
A ellos pertenecen los gritos
que cada noche me despiertan,
y las sombras que se mueven
por pasillos y escaleras,
quizás buscan venganza
por su suerte injusta y fiera,
y conmigo se desquitan
por ser la única que queda.
Pero he de poner fin
a tan penosa miseria:
hace rato he preparado
esta horca de soga gruesa,
ya la he atado al techo
por si a usarla me decidiera.
Creo que ya es momento
de apagar esta vida terrena
y de nuevo unirme a ustedes
pasando a la vida eterna.
¿Seremos felices entonces?
Ni una duda me queda,
por eso hoy visto de blanco,
el color de la pureza.
es un vestido sencillo,
no acusa ninguna grandeza.
Mi alma ya no me mueve,
mi cabeza ya no piensa.
De este mundo me despido,
que me libere esta cuerda,
mi alma a Dios encomiendo
antes de continuar con mi empresa.
Con los pies desnudos sube
a un banquito de madera,
se pone en posición,
ajusta el nudo y lo cierra.
Ahora sus manos se juntan,
cierra los ojos y reza.
Con un solo movimiento
de su temblorosa pierna
consigue que el banquito caiga
y por fin la cuerda se tensa.
El cuerpo cae pesado,
el cuello pronto se quiebra.
El alma enseguida escapa
de ese capullo de seda,
y en ese cuarto de huesos
una mariposa se cuela
para posarse y besar la frente
de la difunta princesa."
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