lunes, 20 de enero de 2014

Las margaritas como obsequio

  Esta historia vio la luz por primera vez en una cuaderno que tengo en casa, y la publiqué en una entrada de N.O.I.P. en la que yo decía que era obra de una amiga... mentí. Lo hice porque en ese entonces tenía miedo al ridículo, a que mi historia o cuento o como quieran llamarlo no fuera lo suficientemente bueno. Fue algo realmente estúpido pero yo misma soy bastante estúpida. Así que la rescaté (es la primera historia que escribí) y la traje a esta nueva entrada para tenerla bien cerca. No cambié mucho el estilo, por no decir que no he cambiado en absoluto, lo cual podría ser preocupante... si no fuera porque lo mío es el dibujo y no  la escritura pero aún así podría practicar más. Ojalá la disfruten:

"Ella lo sabía, se estaba marchitando por dentro. De pronto, ya no sentía esa alegría juvenil que ahora tanto añoraba, pero tampoco tenía la voluntad para volver a encontrarla. Su presencia se apagaba de a poco volviéndose invisible para la mayoría, y aunque mi mente no alcanzaba a adivinar el por qué traté de ayudarla, después de todo, ella nunca había sido así, al menos era lo que yo recordaba.
   Después de pensar un poco, supuse que la solución podía ser más simple de lo que creía, así que todos los días cortaba unas cuatro o cinco margaritas del jardín de mi casa, las ataba con una cinta rosada, y les ponía una tarjeta con la siguiente frase:'Ayer estabas triste, pero hoy quiero volver a intentar sacarte una sonrisa'. Al principio no salió muy bien, porque ella se creía una molestia, y decía que por su culpa mi jardín iba a quedarse sin flores. Yo le contestaba:
_Aún si no las corto, algún día van a marchitarse, y prefiero que den felicidad  a dos personas, a que mueran en vano.
_¿Dos personas?
_Claro, tú, al recibirlas, y yo al verte feliz, aunque solo sea por un instante.
Solo entonces, ella sonreía, halagada, y el color de su rostro se encendía. 
   Este mismo proceso lo repetí cada día durante toda la primavera y parte del verano, cuando las margaritas  que quedaban se arruinaron por el paso del tiempo. Todo mi esfuerzo habría sido en vano si no se me hubiera ocurrido lo siguiente: 'tomar prestadas' algunas rosas de un invernadero cercano a casa. Por favor no me sermoneen, ya sé que está mal hacer eso, pero cuando una persona está desesperada como yo lo estaba, puede hacer cualquier cosa. Como decía, tomé unas cuantas florecillas y las uní junto con una tarjeta, y esta vez escribí con letra temblorosa 'Aunque las flores hayan cambiado, el sentimiento es el mismo, ¡no dejes de sonreír!'. 
   Al día siguiente, mis nervios me devoraban desde adentro, ¿las aceptaría? pero aún así fui a su encuentro, y esta vez, ella realmente me sorprendió:
_¿Rosas?¿Por qué.....?
_¿No te gustan?
_Son hermosas, pero... creo que ya entiendo, ¿Tu jardín se quedó sin nada, verdad? Y todo por mi culpa, fui tan egoísta. Y aún así te las arreglaste para traerme un pequeño ramillete con una nota como de costumbre, pero a partir de ahora no más. Dame la oportunidad de retribuirte lo que haces por mí. Parece... que de verdad te interesas por mí. 
 Y lo hizo, ¡Ese día se mostró tan fresca! De verdad, no hay palabras que describan con justicia el placer que me causó verlos tan brillantes. Era como si el tiempo hubiera retrocedido para dejarme ver como era ella antes de conocerla.
  Así, con cada día que pasaba a su lado, su corazón palpitaba con un poco más de energía; no vayan a pensar mal sobre como podía yo saberlo, porque ni se o pregunté ni me lo dijo, mucho menos quise averiguarlo por otros medios propios. Yo simplemente lo sabía, y creo que lo sabía porque mi propio corazón latía más. 
 A mediados de verano, y a seis meses de nuestro primer encuentro, la chica que había sido a más amable, alegre e inquieta, y que había caído en picada a un mar de depresión (la razón, nunca quise averiguarla, sería inútil a esta altura ¿no?) estaba renaciendo. No sé si debió a las flores, y si aún las conservaba (yo sé que ella era aficionada a guardarlas entre las hojas de grandes libros para secarlas, y creo  firmemente que las margaritas son sus favoritas. Ahora que recuerdo, las que tenía en casa siempre las cuidé con la idea de regalárselas) sea lo que sea, ella era feliz de nuevo, y yo también.
   Me gustaría agregar antes de seguir, que aunque dejé de regalarle flores, seguí dándole cosas más pequeñas como dulces, o postales con paisajes, o piedras brillantes  Compartimos muchísimas horas de conversación en las que descubrí que teníamos muchas cosas en común, y muchos almuerzos y meriendas de todo tipo. Y a pesar de su constante tristeza, pude descubrir que era muy inteligente, aunque también muy torpe y olvidadiza. Cada minuto a su lado era como un premio inmerecido, me sentía culpable por monopolizar su tiempo, pero al parecer nadie más estaba interesado en devolverle su sonrisa. Muchas veces me pregunté por qué nadie se acercó a ella cuando tanto lo necesitaba. Pero... eso era bueno para mí, porque el hecho de que mi presencia la alegrara, y que esperara impaciente nuestros encuentros me emocionaban demasiado. ¿De verdad merecía tantas recompensas, tantos 'gracias por estar conmigo', y el espectáculo que resultaba para mi el de su rostro sonrosado, sonriente y tibio frente al mío cada tarde? Lo agradecía constantemente. 
 Volviendo a la historia principal (perdón si los aburrí con mis cursis sentimientos), una tarde, mi querida amiga trajo un sobre bien sujeto entre sus manos, llenándome de curiosidad. Se veía inusualmente alegre y linda. Extendió una mano para sujetar la mía, y deslizó el sobre entre mis dedos. 
_¿Las recuerdas? Todas están en el orden en que las recibí- Adentro, estaban todas las tarjetas que yo había atado a las flores- Si no secas las margaritas entre pesados libros, pueden perder sus pétalos  pero no importa como guardes estas, si las mantienes sin doblar, y al resguardo del agua, duran indefinidamente.
  Estaban como recién escritas, limpias y sin marca alguna. Luego continuó:
_ En realidad, quería agradecerte por interesarte tanto en mi, no creí que alguien pudiera tenerme tanta paciencia.
_ Para nada, es un placer, de hecho... me gustaría retroceder el tiempo solo para volver a pasar cada día contigo otra vez.
 Quizás no debí decir eso, no era momento para cursilerías de ese tipo, ¿no?, pero lo dije. Ella reía:
_ ¿En serio? yo tampoco me arrepiento de todo esto, gracias a ti, recuperé la vitalidad que había perdido. Mientras todos me tuvieron lástima y me evitaban, me diste algo más, y de verdad lo aprecio.. Te quiero.
 En un impulso repentino la abracé, temiendo quebrarla, y tratando de contener la emoción de saber que este aprecio descomunal podría convertirse, con un poco de suerte, en un amor mutuo.
 _Yo también te quiero, definitivamente.
  Y era verdad, la quería al punto de asaltar el jardín imperial para conseguir as flores que quisiera y aún más, muchas más. La quería porque me impulsaba a hacer cosas que no haría por nadie más, como cultivar margaritas bajo el sol abrasador, o escribir poesía barata y mensajes de ánimo con letra desprolija. Jamás conseguiría tiempo suficiente para describir cada aspecto que admiro de esta muchachita dulce e inocente.
 La solté y le devolví el sobre.
_  Era lo que quería escuchar, tenía miedo de que no sintieras lo mismo, pero ahora estoy tranquila... 
Entonces me dio una rosa roja, cuando la tomé, ella comenzó a decir algo en voz baja, algo como 'pero lamento que este sea nuestro último día', luego todo sucedió como en cámara lenta, contemplé con infinito espanto cómo su cuerpo entero se deshacía, cayendo en una sucesión interminable de pétalos rojos, redondeados, que el viento (intensificado de pronto) barría y dispersaba por doquier, hasta desaparecer. 
  Tardé un rato en reaccionar, unas horas en parar de llorar y... ¿Negarlo? ¿Aceptarlo? ¿Cómo debería proceder ahora? Ni siquiera sé cómo pasó, o si pasó realmente. Quizás es todo un sueño del que estoy despertando. Mientras considero estas opciones, estoy metiendo cada tarjeta junto a algunas flores disecadas y fotografías. La última es suya por supuesto. La extraño tanto..."

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