martes, 28 de enero de 2014

El seguidor

  Estoy sola, sola con mi paranoia. En ningún lugar estoy segura, de ningún lugar pueda escapar porque sé que está justo detrás de mí. Me persigue, me pisa los talones y me lee el pensamiento. Busca hacerme confesar incluso lo que no hago, me doblega, me pisa, me tortura con su mirada. Su rostro es apenas una máscara con ojos huecos, dos agujeros que conducen a ninguna parte. Mirándola fijamente es posible distinguir las llamas del infierno. 
  ¿Por qué me haces esto?¿Por qué sientes esa necesidad de seguirme y de hacerme sentir toda esta miseria?¿Acaso he hecho algo malo? Sigo sin entenderte, sigo temiéndote y aborreciendo tu presencia. Tengo la ilusión de que algún podré destruirte con un solo pase de mi mano, y cuando lo logre perderé este miedo a la soledad. Cuando nadie más está, tú estás, y entonces es cuando no hay nadie que me escuche gritar, por eso le temo tanto a estar sola. Te escondes en mi sombra, te miro y me miras y entonces es cuando siento esta angustia. Y mi alma se convierte en vidrio, se rompe y cae en forma de cristales que se clavan en mi cuerpo, y hacen brotar la sangre desde adentro. Y tú miras, solo miras con tus ojos huecos mientras sonríes con satisfacción. Y aunque trate de huir, a donde voy estás, y tras de mí tus pasos se oyen dejando un eco insoportable, inexplicablemente invasivo. ¿Cuándo terminará la condena?¿Me seguirás al otro mundo? Con el tiempo lo sabré.

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