(Página arrancada de un diario ajeno, encontrado en el ático. Autora desconocida:)
"Soy hija única, y tanto mi madre como mi padre son incansables trabajadores,y unos educadores estrictos e intolerantes.Los amo con toda mi alma, pues son lo único que tengo, y en mi solitario mundo es muy fácil que me sienta triste y frustrada en mi intento por corresponderme con su ideal de hija buena.
Con una personalidad débil como la mía es fácil sentir culpa o remordimiento ante un error cometido. La culpa trae consigo ese curioso sentimiento que yo denominaría 'necesidad de autodestrucción', que te obliga a hacerte daño de cualquier manera mientras sea física, porque el dolor de la culpa es demasiado.
La forma favorita es la de producir pequeños cortes en la piel, siempre es así al principio. Pero el camino de la autodestrucción es el camino de los cobardes, y aunque no es fácil entrar en él, es aún más difícil salir aunque pueda sonar extraño.
Verán, para explicarlo mejor les contaré MI caso, lo que no significa que la mayoría sea así. Hasta ahora nombré la culpa y la cobardía, que son (según creo) los dos pilares principales de la autodestrucción, junto con el odio o el desprecio hacia uno mismo. Cuando el sentimiento de fracaso te invade pero no puedes deshacerte de él, distraes al cuerpo de su dolor emocional con un dolor físico: fuerte, inmediato, efectivo. Entonces vas, tomas un cuchillo con punta aguda y buen filo y te abres algunos surcos en la piel, en algún lugar que difícilmente pueda ser visto, y te distraes con el ardor y la sangre que brota de las heridas y que corre tibia por las extremidades (si es que decides, como yo, herirte las extremidades).
El dolor te distrae por un rato de tus problemas, losé, no los resuelve, pero a veces uno necesita forzosamente mirar a un costado y respirar. Después de un tiempo te acostumbras, y en el peor de los casos llegas a vincular el dolor con el alivio y ,en cierta forma, también con el placer. ¿Sabes lo que pasa luego? Si estás lo suficientemente enfermo, si puedes caer tan al fondo de un estado depresivo como la situación lo requiere, ya no sólo te cortas por pena o culpa, sino para despertar tus emociones y tu sensibilidad. Recurres a los cortes para liberar tensiones, para ver tu sangre caer. Para marcar tu piel y tener que curarte. Herir y curar, sentir dolor y luego placer. Provocar y calmar... Hacer daño y dar vida se mezclan en una única y fatídica actividad.
Quizás es eso, quizás lastimar y ver tu sangre cayendo no sea más que una prueba de que a pesar de los problemas que tengas y de lo infinitamente miserable que te sientas, y de la profunda soledad que ahogue tu roto corazón, sigues con vida. Ver ese fluido vital, tibio y rojo escapando de tu cuerpo, te ayuda a poner los pies sobre la tierra, despertar un rato y darte cuenta de que tienes que seguir viviendo. A pesar del dolor, es una sensación agradable, pero en algún momento renunciaré a ella."
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