domingo, 24 de noviembre de 2013

El honorable dragón y el caballero feroz

  Se han enfrentado desde tiempos inmemorables como enemigos que no podrían reconciliarse jamás. Caballeros de armaduras brillantes, tan llenos de valentía como de prestigio, y llamados a cumplir con una única misión para hacer valer su nombre: dar muerte a un dragón con su espada.
  No había quien ignorara el hecho de que matar a un dragón es casi tan difícil como llegar a él. Es necesario andar por muchos caminos, de día y de noche, a pesar del frío, el calor o la humedad. A pesar del miedo y del hambre. Sí, eso todos los saben. Hay que tener mucha perseverancia, sangre fría y resistencia sobrehumana solo para poder empezar a caminar y no rendirse a la mitad. Y para no caer en la deshonra y la locura.
  Aún así, con todo eso en la mente, un caballero decidió ignorar el riesgo, y tomó su armadura, su escudo y su espada, se despidió de su antigua vida y partió en busca de su dragón ante la mirada atenta de muchos curiosos que lo vieron alejarse hacia el oeste del pueblo, directo a las montañas.
  El caballero caminó, solitario, entre las fieras del bosque mientras su armadura resplandecía bajo la luz del sol y de la luna llena. "Ya falta poco. Muy pronto me enfrentaré a ti. No te tengo miedo, por grande que seas yo seré más grande, y por fuerte que seas, yo lo seré aún más. Porque si no puedo derrotarte ¿Qué caso tendría volver?". Noches y días, la debilidad vencía un poco más al caballero mientras el metal se cubría de escarcha. El paso de las horas convertía a su vida en un suplicio mientras su cuerpo perdía fuerza, y el hambre y la sed se sumaban a la falta de sueño.
  Pero no se rindió. Su mente fue más fuerte que el cuerpo, y avanzó, rezando por su vida y por su honor, por su sangre y por su fuerza. Le pidió a Dios que se quedara con él y que guíe su espada al corazón de la monstruosa criatura. Sus piernas se negaron a detenerse, y en un día nublado y tormentoso, llegó a su destino.
  La montaña de roca tenía por cumbre una cueva en cuyo interior resonaba la respiración profunda del dragón que la habitaba. Los rayos descubrían la colosal figura de un ser fantástico de manera ocasional, delatando que aún yacía dormido. El caballero, aún bañado por la lluvia, ingresó lleno de seguridad mientras se imaginaba a sí mismo cortando la cabeza del dragón, bañando su espada con su sangre y volviendo victorioso a su tierra entre aplausos y gritos. Se acercó, desenvainó su arma y hundió la hoja de metal en el ojo derecho del dragón, que despertó inmediatamente lanzando al caballero varios metros antes de ponerse de pie. Extendió sus alas, amenazante, mientras la sangre manaba de la herida abierta. La confusión, el dolor, la furia... rugió, haciendo temblar las paredes con gran fuerza para espantar al intruso, pero éste ignoró la advertencia y corrió hacia él con la espada en alto. Un rugido llameante envolvió al caballero, y aún cuando interpuso su escudo entre su armadura y la flama, no pudo evitar quemarse.  Su armadura se llenó de grietas por el cambio brusco de la temperatura, y comenzó a caerse de a poco, así como el techo de la caverna. La lluvia se coló por los agujeros, y el vapor nubló el ambiente. 
  El caballero alzó la guardia, haciendo caso omiso de sus heridas, aguzando el oído. El miedo lo paralizaba... Volvió a rezar por su vida, prometió que si lograba matar al dragón antes de que éste lo matara, se entregaría a la vida religiosa, y abandonaría todos los vicios arrepintiéndose de cada uno de sus pecados. Entonces la criatura emergió frente a él, y lo miró con su único ojo sano. Ninguno se movía. Afuera el viento arreciaba. Las miradas se cruzaron por un instante eterno, y los oídos del hombre quedaron inundados de las palabras que le llegaban desde el corazón del monstruo.
_Tú, humano, que te crees superior a cualquier criatura. Le juras fidelidad a tu Dios, mientras destruyes todo lo que él ha creado. Te proclamas dueño de verdades inalcanzables para el resto de las bestias, y una razón pura y noble. Te alimentas de ilusiones constituídas por títulos, honores, armaduras y espadas. Si te mueres hoy ¿Crees que importará algo de eso? Nadie te llamará noble y volverás a la vida. Atacas y arrancas la vida en nombre de tus ilusiones a criaturas que nada tienen apare de su instinto y su inocencia. Piensas que eres fuerte, sabio, justo, pero has demostrado ser la peor de los ponzoñosos seres que habitan este mundo. Tu avaricia y ferocidad me han costado la vista de un ojo, ¿Quién me la devolverá? ¡Págala con tu vida!.
  El caballero, aún firme e inmóvil, recibió una llamarada que lo atravesó por completo, convirtiéndolo en un montón de cenizas que se escaparon al exterior de la caverna, cayendo con la lluvia sobre todo el valle.
  El dragón se acomodó en el suelo, sobre más cenizas su ojo ardió hasta regenerarse. A los pocos minutos volvió a caer dormido.

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