Del polvo venimos, y al polvo volveremos, eso es lo que nos enseñan. ¡Ay de ti, hombre, ser mortal!
Estas manos, que dibujan, que pintan, que escriben, que acarician o golpean según la ocasión.
Estas manos que más de una lágrima han secado, y que con tanta ternura recorrieron tu rostro en busca de fiebre o quizás sólo por el placer de sentirlo. Estas manos que tan útiles han sido al propósito de trabajar y construir grandes cosas.
Estos brazos que se posaron en mi cintura para expresa disgusto o cansancio, y que tan pronto te han abrazado, cargados con todo mi afecto. Brazos fuertes, brazos débiles, todo dependía del momento y de la motivación.
Estas piernas que a tantos lugares me han llevado y me llevarán. Que se quedan clavadas al piso, piernas que esperan y que luego corren detrás de ti, siguiendo tu inconfundible rastro. Que bailan al ritmo de la brillante melodía de la vida.
Estos ojos que lloran, que se posan en cosas bellas, en esa mirada tuya que me provoca un escalofrío, un mágico y poderoso hechizo de pasión. Ojos que brillan de alegría y que se nublan de tristeza. Ventanas al alma que se abren y se cierran al compás de un simple parpadeo. Silenciosos mensajeros de amor y de añoranza, de odio y de tragedia.
Estos labios que hablan, que gritan y que de pronto se quedan sin palabras como por encantamiento, y que son capaces de las dulces frases y a la vez, de los más filosos improperios. Dejan escapar quejas y emociones, canciones y melodías teñidas de gozo o de soledad. Estos labios que te besan y que al sólo contacto con los tuyos parecen volverse más suaves, más dóciles, más tiernos.
Este cuerpo orgánico por cuyas venas circula sangre carmesí, sangre sana y rebosante de calor y nutrientes. Este cuerpo que vestí con tan bellas ropas y alimenté con los más variados platos. Este cuerpo que bailó con el tuyo y para el tuyo. Yo, que por este cuerpo, con esta vida supe amarte y recibir de ti todo lo bueno que un ser humano puede darle a otro. Un cuerpo que junto al tuyo superó tantos obstáculos y recorrió tantos caminos, tantos años. Un cuerpo que supo fundirse con el tuyo y demostrar que realmente estaba destinado a acompañarte para siempre, dueño de un corazón que late sólo porque el tuyo lo hace.
Y ahora, cuerpo en flor, alma florecida, vida esplendorosa maravillada ante el milagro de vivir. Sabedora de una existencia única, y sabedora de un futuro más o menos incierto.
Sabedora de la muerte segura.
Porque aquí me encuentro, sentada y mirando al infinito, con la idea de que llegará el fatídico día en que estas manos ya no sean capaz de crear nada, acariciar nada, tocar nada. Y estos brazos se quiebren, incapaces de levantarse siquiera a sí mismos. Y estas piernas ya no me trasladen cerca ni lejos, y que ya no puedan seguir tu rastro. Y estos ojos se marchiten, y no pueda penetrar en ellos la luz, ni siquiera la de tu mirada; que no sean ventanas al alma y no revelen más que la inequívoca presencia de la muerte. Y estos labios se callen para siempre, y ya no te puedan besar ni dedicarte aquellas dulces frases, ni esas canciones que tanto nos gustan ahora.
Así es, llegará el fatídico día en que este cuerpo orgánico ya no sea mío, sino que vuelva al polvo, reclamado por la naturaleza. Aquellos días de lucha, de fantástico amor, de sueños compartidos, se sangre y sudor y también lágrimas... Nuestras miradas, nuestros secretos, todos nuestros placeres y promesas se disolverán convertidos en recuerdos. Recuerdos arrojados a una línea de tiempo que amenaza con matarlos a medida que avanza.
Seremos parte de la Historia, como dos cuerpos que supieron trabajar, crecer, amarse hasta el último suspiro. Dos cuerpos que en vida se olvidaron completamente de que eran eso mismo: polvo concentrado en un organismo viviente, y se atrevieron a convertirse en algo más grande, y quizás, más noble.
Me pregunto si entonces, cuando ya no circule la misma sangre carmesí por mis venas y el corazón se seque, en medio del cofre de hueso que hoy es mi pecho, el tuyo seguirá latiendo con el mismo vigor que ahora, o simplemente seré yo quien esté marchando a tu encuentro. Y si aún cuando esta carne perezca y sea enterrada a la espera de su propia corrupción, todavía tendremos la oportunidad de volver a encontrarnos y continuar nuestra historia, pero en otro mundo, en otro tiempo y lugar, privados ya del dolor y dispuestos únicamente a la contemplación y el disfrute de lo verdaderamente bello, de lo verdaderamente noble.
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